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Série de flashcards sobre ropa…son como 3 (y lo llamo serie….)
Hace poco, aparte de morirme de la risa, me percate que la serie de videos de OK chicas; era un maravilloso experimento de comunicación y reflexión. ¿Alguna vez se han puesto a pensar lo que conlleva vivir con el cuerpo del otro? ¿Con sus hábitos? ¿Sus manías? ¿Sus deseos o miedos?[1]
Pues en esta serie de videos, un grupo de hombres jóvenes se ven sometidos a diversas situaciones: desde usar un brassiere de encaje que es bonito pero te corta la respiración, tener un busto de kilo a kilo y medio —en ese sentido la verdad me declaro más bien con una experiencia más masculina que femenina—, dar a luz (dolor incluido), usar tacones (escaleras arriba y abajo) o maquillarse (con ninguna experiencia). Al final, no era sólo el hecho de que aparentemente eran sometidos a tortura, es que; al menos, tuvieron la oportunidad de verse del otro lado y cambiar su forma de ver al mundo en general y de forma más positiva:
Si tú sientes que no te gusta hacerlo, no lo hagas.
Sí tú crees que te ves sexy en tacones, Póntelos. Pero hazlo por ti, no por ningún calavera.
El tipo de cosas que deberían hacer los niños y las niñas en la escuela (sin la mirada desaprobadora de sus padres) en plan juego, para ponernos; literalmente, en el brassiere o los bigotes del otro. Para dejar de decir que «las mujeres esto» o «los hombres aquello” y ser más felices.
[1] Bueno, esto de escribir conlleva la capacidad de usar nuestra imaginación para hacerlo. Creo que esta era la razón por la que los escritores por lo regular, eran las personas más abiertas a nuevas ideas.
Como ya recordarán (y si no, ahí va el intro), Chuck Wendig invita a otros autores en su blog Terrible Minds, a compartir su experiencia con cinco cosas que hayan aprendido sobre escribir y de vez en cuando, este blog se queda sin material (ya sea por pereza o cualquier situación conocida como concurso a la vuelta de la esquina aunque luego resulte que no participe…). Así que; si hubo algún autor que me llamara la atención (probablemente sólo por su nombre o el título de su libro), podrán leer la traducción aquí. Hoy, Lauren Ho con El último Tang de pie en una cosa aprendida por entrada[1]. Cuando escribes no sólo tienes que avanzar a tu ritmo sino también reflexionar e incorporar cada consejo que lees y es más difícil si te llenas de ellos. No se puede simplemente leer un montón y tratar de incorporarlos todos, eso por lo regular termina en fracaso.
Lauren Ho: Five Things I Learned Writing Last Tang Standing by terribleminds
(Este es el texto comercial del libro y lo pongo por sí a alguien le interesa el libro, con el título original)
LAST TANG STANDING es una epistolar cómica de voz propia que explora el amor, la amistad y la familia a través de los ojos de una solterona China-Malasia de 33 años, Andrea Tang, determinada a escalar dentro de una prestigiosa firma de abogados y sin embargo aparentar tener novio con el matrimonio como objetivo para tener feliz a su tradicional familia. Especialmente a su madre, que seguramente vivirá una vida muy larga y orientada a los niños adultos.
1. Es muy difícil ponerle título al libro y tú instinto a pesar de la cantidad de alcohol que hayas consumido a lo largo de tu vida adulta, y nunca te ha fallado; por lo regular estará espantosa, espantosamente equivocado. Lo que sugiere que puedes sufrir de una infestación de gusanos[2] de los que deshacerse inmediatamente con una pastilla desparasitante o sufrir las consecuencias (advertencia: consulte a su médico antes de seguir el consejo de un autor).
Oh, y un título no es final hasta que tu editorial (la que publica) decida que lo es. Todo está hecho. Con los puntos sobre las íes, todo tachado [supongo que en una lista de tareas]. Dejas salir un aullido de satisfacción, satisfecho con la eficiencia y brutalidad con la que has destripado tu último aquelarre de trolls en Twitter, esperando que sus familias los deshereden por haber cruzado espadas contigo. Te volteas hacia tu manuscrito, aún jadeante, tu mirada ahora suave, apreciativa, diferente de la que sueles usar con tu familia en LVR (la vida real). Abres tu libro con un click y te deleitas en su gloria textual. Aquí estás con tu preciosidad, orgulloso porque has empleado x cantidad de tiempo en él, constantemente obsesionándote con cada palabra y detalle hasta el punto en que podrías haber estado haciendo el amor mientras planeabas una escena en la que alguien muere, y ahora viene el momento de nombrar a la cosa berreante que acabas de expulsar por tu canal mental [referencia al canal de parto]. ¿Cómo vas a ponerle? Ya tienes un nombre pero a tú editorial no le satisface y ahora, estás de regreso en la mesa de dibujo. ¿Mi consejo? Mantente lejos de que sea demasiado grande, demasiado aburrido, demasiado específico, demasiado vago, demasiado personal, demasiado esotérico y estarás bien. Pan comido. Y definitivamente no infrinjas ninguna propiedad intelectual o te adentres en territorio difamatorio. Después de todo, esos abogados avariciosos saldrán reptando de las paredes [ella usa woodwork pero…no queda] para hacer de tu vida un infierno si los dejas (lo digo como representante legal que soy, no todos podemos ser perfectos). De cualquier modo, así es como el libro se desarrollo desde «My Mother is Watching Me Date: A True Story» (Mi madre observa salir en citas: una historia verdadera) a un más digerible y —bono— legalmente sin problemas: El último Tang de pie.
[1] Al hablar de instinto ella lo llama «gut instinct» o instinto tripudo que no se usa en español y por lo tanto lo de desparasitarse no tiene mucho sentido.
[2] Que más que obedecer a la flojera obedece al principio «una página a la vez» que debería aplicar para «un consejo a la vez».
Disculpen la horrografía, no busqué la forma correcta de escribirlo. En caso de haberlo escrito mal, coméntenlo y se corrige en fa (casi todos los días meto la pata)
Si el nombre les suena de algo es porque conocen la caricatura a la cual pertenece este personaje y les fastidiará esto pero…si no la conocen, pues no es justo que no haga una explicación cortita. Uno no puede asumir que TODOS conocen las mismas cosas. Hay personas cuyo alcance de conocimientos es mayor y eso no quiere decir que lo saben todo. Con esas… Mumra era el antagonista de la serie de caricaturas Thundercats; dónde unos gatos humanoides llegaban al planeta Tierra después de un cataclismo en su planeta natal; y su existencia se veía amenazada constantemente por éste villano. Como adivinaran por el nombre, Mumra era una momia que por algunos arreglos mágicos podía levantarse y ponerse en plan anti–gato. ¿Y qué pinta Mumra en este blog acerca de cómo escribir ficción? Pues…hace unos día, contestando unas preguntas de un juego de preguntas (a veces me hacen sudar…por eso me gusta y media docena de preguntas no hacen mal) me tope con esto….
¿Qué piensas tú? ¿Que la RAE comete un crimen al permitirlo o que es más sabio adaptarse? Es posible que esté diciendo bobadas pero…creo que la lengua le pertenece a los que la hablan, no a los diccionarios. De ahí que esto pertenezca al reino de la escritura de ficción. Porque es parte de nuestras herramientas y todos sabemos lo que la realidad es a la escritura de ficción. El juego que jugamos a que es real y como componente de esa realidad; el idioma es un detalle importante lo quiera uno o no.
Y, sí bien los diccionarios nos ayudan a mantener aquello que escribimos lo más comprensible posible, no es del todo factible sustraernos a los cambios naturales de la lengua. La lengua evoluciona o…se convierte en Mumra, el inmortal.
Un poco como lo que le sucede a la regla del doble negativo en inglés que no proviene del idioma mismo o de los angloparlantes nativos sino, del latín que no utiliza dobles negativos cuando la mayoría de los idiomas (francés, italiano, español…menos el coreano) admiten que uno diga: “No, no quiero nada…”
Es decir, una regla arbitraria adaptada de una lengua muerta que se ha quedado estacionada en el tiempo, atrapada en el ideal lingüístico (de todos modos me encanta el inglés, aunque ya empecé a escribirlo con doble negativa como protesta). Del mismo modo, la gramática nunca debería ser una forma de momificación en vida del idioma. Querer ceñirlo tan estrechamente a sus reglas, es tan monstruoso como la momificación de Imhotep en la película La momia. La gramática está ahí como guía y como toda guía, es susceptible de ser asaltada desde dentro. Esa es la chorrada de hoy.
La comezón titilaba como las galaxias de estrellas. Aparecía y desaparecía o brillaba intensamente con una ferocidad de urgencia. Cada vesícula era una estrella rojiza en un campo que iba desde el bronceado olivaceo hasta el café con leche y el blanco tostadito (producto de una exposición inconstante y desigual al sol). A veces era la constelación Prurito-en-el-trasero.
Otras la constelación Rasca-la-tripa por encima del ombligo. La constelación Me-pica-la-espalda estaba fuera de su alcance. Pero la más mortificante y desagradable era Tengo-comezón-en-la-nariz porque ardía y le recordaba las cicatrices posibles. Y lo más maravilloso era el hombrecito en su cabeza.
Ese que miraba todo con interés y tomaba nota de todo como si no formará parte del cuerpo. El maldito escritor interior que celebraba toda desgracia menor o mayor como fuente de información y detestaba las alegrías pues no generaban datos. Ese es el autor de esta descripción.
El que recibió con sorna y amor el término médico para la condición de caja de Petri humana en la que se había convertido ella; sobre la que el virus jugaba a dejar supernovas a punto de explotar en pus, estrellas de neutrinos colapsadas en una costra o enanas rojas agrupadas como vía lácteas en miniatura. Un cielo estrellado (y mirándolo bien pensó el hombrecillo tendría que llamarse infierno estrellado porque habría que incluir el culo y la comezón).
No es un comercial, es simplemente lo que había a mano en la casa. Si se dan cuenta, faltaría la mantequilla pues la masa millefeuille necesita mantequilla y margarina. Si no hice el pan para sacarle foto es porque es es uno de los que no me salen…y se ven horribles!
Hoy, les traje otra imagen del manga God only, knows de Tamiki Wakaki. Tiene que ver con el blog porque:
Los escritores necesitamos plantearnos fechas límites, lo que sucede en la escena no es un invento. En caso de ser publicado y una casa editorial decida que quiere otro libro tuyo…tendrás fechas límite y es mejor irse acostumbrando….(¿verdad Merriam tres días detrás de agenda para un cuento de 3000 palabras para ya para un concurso?)
Es un planteamiento interesante para una situación romántica en una historia…transformar algo típico de un ambiente de trabajo en un conflicto donde el personaje femenino desea un encuentro menos presionado por la actitud rigurosa de una relación vertical del editor a una situación romántica…¿lo logra? No sé. No quiero echarles a perder el manga con spoilers chafas.
Por el momento, podríamos decir que estas dos razones son suficientes y son más educativas en la página que dibujó el mangaka. Recuerden, esto es un manga nativo así que se lee de derecha a izquierda.
“Toma nota de todas estas ideas. Es sorprendente ver cuán a menudo una frase anotada en una libreta conduce inmediatamente a otra frase. Puede ocurrir que se desarrolle un argumento a medida que vas tomando notas. Cierra la libreta y piensa en ello durante unos días y luego, ¡manos a la obra!: estarás preparado para escribir una narración corta”.
Patricia Highsmith. Suspense.
El siguiente consejo lo publicó en Cara-libro (como dice Big Choma); una amiga de un amigo: Bri. Supongo que todo escritor desearía tener este ente externo que nos obligara literalmente a cumplir con este sueño que presupone escribir y no ponerse a lavar la ropa o ve vídeos de YouTube en el intento. Empero, sí requerimos de algo que nos obligue a sentarnos frente a nuestro papel en blanco y/o laptop descuajaringada, entonces…no somos escritores. Escribir es lo único que nos mantiene cuerdos…o más locos que los cuerdos de a de verás que no tienen una misión secreta…aunque sea inventada.
Parece que apareció en Amantes de la Ortografía, cualquier corrección ponga un mensaje en la caja
Una llamarada en arco desde una colilla de tabaco se regó sobre la yesca seca de los retazos de algodón. Y el fuego jugo a la brisca, los encantados y al lobo; levantando un telón de humo negro. Un telón que se filtró bajo la puerta del vestidor y abrazo a todas las chicas dentro con su beso gris, antes de calcinarlo todo. El cable se rompió y el elevador no volvió a subir. Abajo, gemidos y gritos de dolor, si el humo no hubiera sido tan denso; el olor a carne quemada hubiera llegado a una nariz inexistente. 145 personas.
Una tragedia espantosa en la fábrica de blusones del Triangle, Nueva York en 1909, parece servir de recordatorio como la tecnología puede convertirse en la espada liberadora y la espada de Damocles al mismo tiempo.
Un invento simple reunía a las 145 personas que murieron en ese edificio: de cuerpo negro con letras doradas pintadas a mano y aguja de acero cuyo ojo había sido pulido hasta el brillo hipnótico; una máquina de coser Singer. En un edificio moderno e iluminado como no solían serlo los talleres de confección. Pero también con medidas de seguridad que fomentaban los accidentes y el reclamo del seguro. ¿La liberación de horas inclinadas sobre tela y forzando la vista para convertirla sábanas y ropa? O ¿la esclavitud de la monotonía y el nuevo ritmo veloz en la confección de prendas para la naciente industria de la moda?
Resulta curioso porque la máquina de coser frente a mí es una reliquia que me conecta con una compañía gringa, la primera globalizada de verdad, su publicidad basada en trajes regionales que el mundo no conoció antes. Nunca se le adaptó un motor. Las letras ya desvanecidas atestiguan que alguna vez fue un símbolo de lo que era decente hacer para ganarse la vida. Hoy, apenas ronronea de tarde en tarde, por el simple gusto de coser las cosas como uno las desea. Un acto de subversión apenas susurrado dónde las marcas de ropa no existen.