Sobre la «alta» y «baja» literatura

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A pesar de que en los años setenta y ochenta dejó de ser habitual pensar que la ficción popular era una versión trivial y barata de la «alta» literatura, así como de equiparar esta última con pensamientos nobles y humanos y con un gobierno magnánimo, los detractores conservadores de la ficción de masas continuaron clamando contra sus efectos moralmente perjudiciales con el argumento de que satisfacía los pueriles deseos de evasión, emoción y fantasía del lector. Se creía que el consumidor capitalista había llegado a ser tan omnipresente que incluso tenía el poder de debilitar y malbaratar las historias que se contaban, vaciándolas de la riqueza y la variedad que habían poseído en culturas previas.




Contra la lectura. Mikita Brottman. Blackie books. [The Solitary Vice (Counterpoint, 2008)].

El lector es el lector. Tiene un marco de referencia propio (geografía y situación histórica, tecnológica y etnográfica). Eso ni la «alta» literatura lo controla. A quién le cae en las manos Dostoyevski o Salgari es con mucho, un asunto azaroso. En mi casa estaba Shakespeare en el librero y nadie dijo que no lo leyera. Tampoco nadie dijo nada de leer el Quijote… Que no estaba en el librero. Cosa rara en una casa dónde se habla español. Claro que Shakespeare estaba traducido y por lo tanto, era mucho menos oscuro que en el inglés original.

Lo que habría que preguntar no es que vacía de contenido una historia sino ¿por qué es necesario evadirse? ¿Qué hay ahí afuera que es tan malo que con gusto una o dos horas huyendo de dragones/ladrones/la justicia es tan satisfactorio como para dejar de dormir? Aparte, claro de que en la ficción la inocencia siempre se demuestra antes y no después de la inyección letal. O que los dragones no existen de verdad… Bueno se llaman “el jefe”, pero uno tiene una espada mágica y se puede matar al dragón. Nadie irá a la cárcel por matar a un mal bicho de esos.

Pasto kalo.

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