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Página 128 – Sitio sobre chorradas acerca de cómo escribir ficción

Blog

  • ¿Qué es adaptar? (continuación)

    STRATFORD-ON-AVON Parte 2

    Hay una dificultad para el novelista que escribe acerca de los que solemos llamar ‘grandes hombres’; queremos conservar su grandeza al tiempo que los hacemos humanos.

    No quieres recortarlos de tamaño de una forma rencorosamente moderna  ̶—incluso cuando no los admiras, tienes que reconocer que un hombre más su reputación es más que una simple persona privada  ̶—él o ella son propiedad de todos.

    Así que en el escenario, y en la página  ̶—hay un momento nervioso antes de que hagas aparecer el gran personaje  ̶—como podría ser, Enrique VIII o Marilyn Monroe. Las expectativas de la audiencia son bastas  ̶—¿podrá el actor sobreponerse a ellas?

    En película, no hay necesidad de este ahora o nunca. El cuerpo problemático puede nadar fuera del trasfondo, como si saliera de un velo místico: o el espectador puede digerirlo a cachitos  ̶—una espuela, o un tacón de aguja. No necesitamos que se parezca. El cine crea una identidad mística. Vemos una película todos  juntos, en la oscuridad. Nos embarcamos en un sueño colectivo. Y comemos  ̶—comemos con los dedos, comida fácil, gratificante, de bebé  ̶—como si suspendiéramos la vida adulta y el juicio adulto, hundiéndonos enteramente en la historia que nos es contada. La imagen ha tomado a la razón prisionera.

    Luego salimos a la calle y nos enojamos con nosotros mismos, por creer lo que vemos. El cine es excelente con la verosimilitud pero menos bueno con la verdad. El tiempo es el enemigo. Hay un límite en el número de eventos complejos que pueden digerirse en la duración promedio de una película. Es un don raro, ser capaz de encontrar imágenes capaces de transmitir hechos. Tenemos recursos explicativos  ̶—voces en off, capturas; pueden añadir valor creativo o ser medidas desesperadas que nos retrotraen al texto. Creo que lo que debe hacer el adaptador es dejar de lado la fuente  ̶—tanto sí es un libro de Historia o una novela ̶—bajar el texto y soñarlo. Si lo sueñas, puedes obtener la idea, el espíritu si no la letra; si eres literal, te predispones hacia el fracaso. En su mayor parte, como yo lo veo, los cineastas no se lanzan a decir mentiras. El Manuscrito Uno puede decir la verdad: pero una re-escritura casual, en la forma de rescritura por varias manos puede sacudir la verdad fuera y meter una mentira. Como audiencia, reconocemos que el filme tiene las herramientas para hacer un muy mal trabajo. Así una industria completa ha crecido, de resistencia: una industria de quejas y encontrar huecos en las historias. 

    Necesitamos que los pedantes y los quejosos, nos regresen a las fuentes, y abran debate acerca de lo que las personas llaman ‘una historia real’, y como nos la venden. Pero es un error fijarnos en las trivialidades. La gente que demanda una total precisión, usualmente lo hace desde una posición de ignorancia. Satisfacerlos implica mucha destrucción. Sería un acto de vandalismo desenterrar un jardín del siglo 21, sólo para mostrar plantas del siglo 16. Puedes hacer una reproducción literal de una silla del siglo dieciocho  pero no hará que una persona del siglo dieciocho se siente en ella. No es que la precisión deba ser evitada. Una representación fiel es una representación estabilizada por la realidad física. En los retratos de las grandes mujeres del siglo dieciséis, tienen una postura característica: cabeza arriba, espalda derecha, las manos dobladas en la cintura. Pongan una mujer moderna dentro de la réplica de tal traje, con el peso apropiado, y no podrá pararse de otra manera. La realidad tiene una fuerza coercitiva. El cuerpo se adapta, y el cuerpo debajo importa tanto como las ropas por encima. Es lo mismo con el diálogo. La imitación no es creativa. No necesitamos que nuestros personajes hablen con la boca de otro siglo, sino con el sentido común de esa era  ̶—de tal forma que no digan lo que nunca pensarían.

    Comparados con los espectadores de hace treinta años, somos voraces y sofisticados consumidores de narrativa. Hemos visto tantas historias en las pantallas, y las hemos consumido con nuestra vista. La televisión puede hacer de nuestro mundo familiar algo hiper-realista, mintiéndonos de tal manera que la cámara no existe. Sin embargo, deseamos ser no engañados ̶— hasta el punto en que hicimos evolucionar el documental ficticio, que se burla de sus propios principios. Los actores miran de reojo a la cámara, imitando la vergüenza de una persona real atrapada en el nefario acto de su día a día.

    Tal vez sea porque estamos acostumbrados a este modo irónico  ̶—el realismo dándose una media sonrisa a sí mismo ̶—que las dramáticas reconstrucciones insertadas en los programas de Historia ahora nos parecen serios y torpes. Podemos ver su personificación de abo presupuesto, y nos rehusamos a interrumpir la creencia.

    En el teatro apenas nos rehusamos, en tanto que los acontecimientos mostrados contengan una verdad emocional. La obra de teatro María Estuardo de Schiller, producida por primera vez en 1800, introduce una reunión entre María Reina de los Escoceses y Elizabeth I. En la vida real, estas reinas jamás se conocieron. Pero reconocemos la necesidad dramática de ponerlas en el mismo sitio; después de todo debieron encontrarse en el espacio dentro de sus cabezas. Probablemente soñaron la una con la otra, y la pieza teatral nos introduce en ese sueño. El teatro nos permite ser cómplices en el engaño sin sentirnos culpables ̶—porque no disfraza su artificialidad. Como en el cine, esperamos hasta que las luces se apagan, para dejar de ser nuestros yos testarudos en nuestra literalidad.

    La Historia siempre está tratando de mostrarse a nosotros. En la tradición occidental, el drama era un arte maduro cuando la novela aún era joven. Hemos construido teatros durante centurias  ̶—edificios especiales con el propósito de repetir la experiencia humana con ligeras variantes. En estos edificios, día tras día, todos es lo mismo pero no lo es.

    Para adaptar una historia para el escenario debes hacer tiempo y espacio, obedecer tus reglas. Sí estas trabajando desde una novela, la ficción se vuelve el texto canónico, erigido en tu Historia. El novelista tiene ciertas ventajas. Sus escenarios están construidos con marcas negras sobre el papel. Sobre papel, un elenco de cien es tan barato como un lenco de dos. Para el escenario, el adaptador debe reducir el personal, por razones tanto prácticas como artísticas. Corta el número de personajes y debes adaptar la historia, reorganizar eventos para que una sola persona haga el trabajo de otra.

    Se necesita habilidad para cambiar las cosas de tal forma que sigas contando la verdad  ̶—aunque no la verdad literal. Todo lo que tenemos es lo que Shakespeare llamaba ´las dos horas de tráfico en nuestro escenario´. Sin importar que tan atractiva resulte la acción, es una triste verdad que el público se pone nervioso a las diez en punto. Pueden ansiar ver la boda o la ejecución y la caída del telón. Pero no desean perder el último tren o ir a casa en el autobús nocturno con los borrachos.

    Cada forma de arte funciona cuando ejerce sus fortalezas, o al menos, entiende sus debilidades. El guionista sabe que el director puede poblar una ciudad, o conjurar una multitud, usando imágenes generadas por ordenador. La multitud del teatro es demasiado magra para ser terrorífica. Sus escenas de batalla sufren  porque sólo tiene cuatro combatientes y algunos escudos que se entrechocan.

    Es difícil si tu historia termina con una batalla. Pero, entonces miramos el clímax de Ricardo III. Nadie olvida a Ricardo gritando esta gran oferta: ‘Mi reino por un caballo’. Pero nadie le traerá un caballo, porque el final real y escalofriante de esta historia ya ha sucedido en la tienda de campaña, la víspera de la batalla, cuando las almas de los muertos le dicen que se ha terminado el juego. ‘Las lucen queman azules; es muerta la media noche’. Su íntimo susurrar es más final que la fuerza del ejército.

    Hay un rodeo para salvar las constricciones prácticas  ̶—es usar las palabras como flechas que van directo al corazón de la audiencia. Una pieza teatral es un brillante vehículo para pasado, porque es una forma harto azarosa, de forma inestable, representando la historia conforme se va haciendo  ̶—respiro a respiro. El guión sienta los parámetros  ̶—este momento, este lugar, este cuerpo. Pero un actor no es una máquina de repetición. Cada representación es diferente. La historia se vuelve interactiva. Sin habla  ̶—aplaudiendo, suspirando, riendo, o callando  ̶—y los hay de silencios a silencios  ̶—la audiencia dirige el show, sutilmente ajustando el ritmo y los detalles de lo que verán. Las barreras que protegen al actor son invisibles, se mantienen en su lugar sólo por la imaginación de los que ven. La realidad no puede censurarse del todo. Las sirenas de la calle cortan a través del murmullo de la conspiración romana, como si alguien hubiera anticipado el asesinato de César y hubiera llamado a una ambulancia. En el drama de Schiller que mencioné, María Estuardo, había un personaje inventado que, hacia el final de la obra, se apuñala a sí mismo. En 2008, en Viena, la audiencia de esta obra estaba horrorizada por el torrente de sangre  ̶—parecía tan impresionantemente real. Por algún revoltijo tras bastidores  ̶—por error no malicia ̶—el cuchillo de utilería se había cambiado por un cuchillo real.

    Al día siguiente, el actor estaba de regreso en escena, con curaciones. Vivos y muertos en el teatro, no estamos a salvo uso de otros. En El Rey Lear, el arte trae a un hombre al borde de un precipicio. Desterrado, el cegado duque de Gloucester va, como él cree, a Dover, tambaleándose hacia la muerte. Cree que ha llegado a la frontera de Inglaterra. Se lanza al vacio.

    Nosotros, la audiencia, podemos ver que no hay precipicio. El hombre ciego está parado sobre suelo sólido. Es un truco adaptado desde la comedia menor, de la farsa  ̶—un viejo tonto reaccionando a un peligro imaginario. Pero, entonces la verdad ilumina nuestra visión, en un latido; y no sólo la verdad sobre el duque ciego. El precipicio es invisible pero real. Es donde vivimos todos, a una pulgada, a un latido, de la extinción. No son segundos lo que pasamos allí, sino la vida entera.  

  • ¿Qué es adaptar?

    Realmente, no se trata sólo de conocer los lugares comunes e inevitables de un género, tal como lo percibe Robert McKee. Tampoco se puede crear una historia sin conocer las facetas peculiares y encantadoras de cada una de las distintas formas de escribir.

    Compartimos el deseo de contar historias y contarlas bien. O el deseo de adaptarlas. Vivirlas en otro formato o escucharlas con otras voces. Hace falta perspicacia cuando uno lee manuales sobre cómo escribir. Escribir ficción es similar a diseñar. NO EXISTE UN MÉTODO.

    Si alguna vez puse atención en clase de estética del diseño, puedo afirmar con convicción que un método es algo que usamos cuando conocemos el resultado en su totalidad. Una gelatina por ejemplo. Sabes de qué color será, que textura y que sabor tendrá al final. Sigues las instrucciones. Invariablemente, a menos que algo haya sido omitido o añadido sin conocimiento de causa, terminas con el mismo producto una y otra y otra vez.

    Cuando el resultado final es total y completamente desconocido; no hay un método sino un modelo de proceso. La escritura comparte un modelo de proceso para todas sus formas aunque sean diferentes en su ejecución.

    Hilary Mantel, a quién ya había parafraseado, explica tan bien esta noción necesaria para la adaptación que, en esta como en otras, es necesario que la lean. O bueno, no es necesario. Ustedes eligen. También debo advertirles algo, ella ha adaptado sus novelas para teatro y cine. Por lo que excluye el cómic y se refiere con especial atención a la ficción histórica porque es lo que ella escribe.

    Lo que voy a traducir es una transcripción, así que es posible que no sea del todo precisa comparada con el podcast. La conferencia es la no. 5 Adaptation; presentada por Sue Lawley y producida por Jim Frank. Por razones obvias (pereza principalmente) pienso dividirlo en tres entradas de blog.

     STRATFORD-ON-AVON Parte 1

     HILARY MANTEL:  En la versión teatral de mi novela Wolf Hall, Thomas Cromwell desea que el joven noble Harry Percy haga un juramente declarando que no es ahora y, nunca ha estado, casado en secreto con Ana Bolena. Pero Harry piensa que están casados. Protesta, ‘No se puede cambiar el pasado’. ‘Oh’ dice Cromwell, ‘el pasado cambia todo el tiempo, Harry. Y voy a mostrarte lo ´fácil que puede alterarse’

    Agarra entonces, al joven y le azota la cabeza contra la mesa, como si quisiera golpear fuera todos sus recuerdos y hacer espacio para otros nuevos.

    Todos esperábamos con ansia esta escena, excepto el actor que hacía de Harry Percy. Hasta este punto, Cromwell ha sido un hombre por completo razonable.

    En la novela original, esta escena es más compleja. Cromwell persuade al Conde que debe hacer como se le dice, porque Cromwell representa la fuerza del futuro —y Harry Percy es un miembro económicamente analfabeto de una clase guerrera cuyos días han terminado. Arrastrado por un torrente de palabras, con una concusión causada por rocas metafóricas, el joven da su brazo a torcer.

    ¿Por qué la diferencia? El teatro desea acción pero no es únicamente eso. La novela la desea también. Pero lo más difícil de poner algo en la página es algo que sucede repentinamente. El teatro es soberbio en la sorpresa. Nos ofrece pensamientos condensados en acción. Justo como el cine lo hace: también toma una imagen y la abre en dos, entonces algo poderoso e inesperado salta de ella. Pone lo muerto en circulación, casi al roce de los dedos.

    Cuando nombres medio olvidados son dichos ̶—los nombres de gente real, que sucede que está muerta ̶—vibran en el aire del auditorio, resonando en el tiempo y el espacio. Me hace preguntarme, ¿es suficiente conmemorar a los muertos grabando sus nombres en piedra? ¿O deberíamos ir a una arena y gritarlos en alto?

    En estas conferencias he argüido que la ficción, bien escrita, no traiciona a la Historia, pero abre su naturaleza esencial a la inspección. Cuándo la ficción se convierte en teatro, un filme o televisión, aplica igual: no es necesariamente traición. Cada forma de contarlo, cada medio para contarlo, extrae un potencial distinto del original. La adaptación, bien hecha, no es un proceso secundario, un bloque de concesiones hechas a gruñidos —sino un acto de creación en sí mismo.

    Sin duda, el trabajo de adaptación ocurre todos los días; sin él, no podríamos entender el pasado en lo absoluto. Un evento ocurre una sola vez: todo lo demás es reiteración, una representación. Cuando la acción es capturada en un filme, parece que tenemos la certeza de lo que ha ocurrido. Podemos congelar el momento. Repetirlo. Cuando de hecho, la realidad ya ha sido enmarcada. Lo que sucede fuera de cuadro, se pierde para nosotros. En el acto mismo de observarlo y grabarlo, se abre una brecha entre los eventos y su transcripción. Todas las noches al observar las noticias, puedes observar la noticia formándose. El parloteo repetitivo del reportero en locación se suaviza pronto a una versión de estudio. El recuento no mediatizado es editado y coherentizado. La causa y efecto son demostradas por la forma en la que ordenamos nuestro relato. Adquiere una dimensión humana subjetiva al ser analizado, discutido. Paleamos significado dentro. El evento en crudo ha sido procesado. Ha sido adaptado en historia.

    Muchos de nosotros pasamos nuestra vida en periodos de edición, conscientes de tener un alter ego secreto, y conscientes de que no funcionará. Enviamos a una persona a representarnos, a dar la cara por nosotros; hay dos yo, una en casa y la otra lejos, un original y una adaptación.

    Las nuevas tecnologías han multiplicado las formas en las que jugamos con nuetras identidades. En los juegos en línea, podemos elegir un avatar. Podemos proliferar, sin ataduras con las limitaciones físicas. La televisión de realidad organiza escenas en las que las personas imitan sus vidas reales  ̶—aunque recortadas a un patrón más ordenado, y con un guión más pulcro. Observarlos manoteando tratando de imitarse a sí mismos, decimos ‘Ah, pero no son actores reales’. La televisión y el teatro recogen una historia basada en un hecho antes de que se enfríe. Pero nuestra reina actual puede observarse a sí misma adaptada a cuerpos distintos, en escena, en la televisión, en el cine.

     Mientras tanto, sus humildes súbditos tienen que falsearse a sí mismos, fotografiando sus caras, luego adaptando el resultado hasta obtener un yo que les guste más. Es sorprendente que los novelistas sigan en el negocio, con tantos amateurs deseosos en el juego de la mentira.

    Nosotros, los escritores, nos consolamos a nosotros mismos. Decimos, los medios consumen historias tan rápidamente que la demanda siempre es mayor que la oferta. Todo comienza con nosotros, nos decimos, sentados en un cuarto; solitarios, soñando despiertos, rascando el papel como los monjes. Podríamos adaptar, decimos, si la Edad Media regresara. Pluma y papel bastarán para conjurar un mundo. Nuestra imaginación, decimos, no necesita una fuente de poder. Cuando en realidad, desearíamos tener una cámara y un reparto. En diez segundos, la pantalla puede mostrar detalles del personaje o desarrollos de la trama que en una novela, o el escenario teatral, serían imposibles de mostrar. El cine tiene un poder maravilloso para decirnos dónde mirar: este es tú héroe, el hombre al que sigue la cámara.

  • ¿Todos los medios se escriben igual?

    Más o menos si y más o menos no. Compartimos herramientas. La planeación, el uso de escenarios y escenas, el diálogo (en unos medios más que en otros y también según el estilo de cada quien),  los abismos y el bosquejo de personajes.
    Corry L.  Lee., autora de «Empire. Revolution. Magic»  menciona en el blog «Terribleminds» como a los escritores se les advierte no exponer sino mostrar (machaconamente). También opina que es importante explicar, cuando el caso así lo requiera.


    Robert McKee es de los que dicen que no hay que explicar ni pensar que el público es más bruto que nosotros, que debemos obviar cierta información. En pocas palabras, mostrar no exponer.
    La diferencia está en que él lo dice claramente: película.


    Funciona en una película porque hay imágenes y música. A eso le añadiría los cómics, porque comparten ciertas particularidades (la imagen… ¿nada más?).
    A diferencia del libro. En un libro de ficción, aunque hay imágenes (la tipografía es una forma de comunicación visual) no hay una imagen que obvie las mil palabras.
    No puedes ver el mar musical interior de «El paquete parlante», Gerald Durrell tuvo que describirlo. Y Terry Prattchet se lanzó a explicar cómo funciona la luz en el mundo disco para que pudieramos entender porque una bruja puede cabalgar una escoba más rápida que la luz (en ese caso concreto el amanecer). Algunas cosas no se pueden simplemente mostrar. Incluso el manga explica algunas cosas para que sepas en dónde estás parado. En “Katsuai Monster” ( Narazaki Souta) la mangaka tuvo que decirnos que el personaje principal es un come-hombres que se alimenta de la energía contenida en los fluidos (de todo tipo). De no ser así, desde el primer momento hubiéramos mandado la historia a volar.

    A mí me acaba de pasar. Eliminé toda explicación posible intentando sólo mostrar y mi amiga (omito su nombre por razones de privacidad y ella me cae muy bien como para fregarle la existencia) leyó un trozo para decirme que era confuso. Claro que eso no quiere decir que llenemos la cosa de explicaciones. Hay que explicar…un poquito a modo de flecha en el mapa. Un “USTED ESTÁ AQUÍ” que guíe al lector.

    Particularmente porque los cuentos y novelas no poseen una herramienta del cine que Hillary Mantel (autora de «Wolf Hall» y “Bring up the Bodies”) menciona en su conferencia» Adaptation» (Ciclo de conferencias Reith 2017 organizadas por la BBC y que se pueden conseguir en forma de podcasts… (¿recuerdan que les recomendé aprender otro idioma?):

    Un reflector que nos indica inmediatamente «Este es tú protagonista».

    Este es el lugar. O esta es la situación.

    Sin olvidarse de algo sumamente importante. Una película tendrá sonido, es decir, música.  Cosa que creo que se le olvidó a McKee, porque la música también te puede decir que sentir… inconscientemente. Es incluso más poderosa que cualquier escritura en el momento de decirte qué sentir. Escuchen el soundtrack de Tiburón sin ver la película. El tuntuntun tuntun sigue siendo causando esa sensación de escalofrío con todo y que no hay tiburón a la vista.


    Hay que ser perspicaz cuando leemos los manuales para escritura. Como este.

  • Plagia #13: ¿Crees que un escritor NO lee el periódico porque no tiene tiempo?

    Sabemos o suponemos que gran parte de  lo que comunican los medios de comunicación no es ni veraz ni comprobable.  Al menos para el ciudadano promedio sin tiempo para corretear a nadie y preguntarle si es verdad lo que dicen que dijo o lanzarse a que le rompan su mandarinita en gajos los gorilas que cuidan la pasarela de los diferentes Senados o, para estar metiendo las narices en la basura para ver que tan cierto es el porcentaje reportado de papel en un vertedero público.

    Digo, para eso están los reporteros. Para estar horas de pie, viajando con su propio dinero, etc. Por algo confiamos un tanto así chirris en la información, ¿verdad?

    Bueno, el punto de esta entrada no es si la red social es un medio confiable o si el periódico de aquí y el noticiero de allá tienen filiaciones políticas o si se inventan las noticias.

    De lo que quiero hablar es de la noticia como origen del incendio y el plagio sin copia del cuento.

    ¿Eh? En Plagia #1: Estructuras hago mención a que ninguna historia es del todo original. Y no lo es. Su origen siempre procede de alguna parte.

    Andrea Camilleri, leía un artículo cualquiera en el periódico y luego escribía TODA una novela. Sin individuos o eventos reales involucrados pero de tal realismo que tenía que incluir una advertencia en la que hay personas de la vida real tan insatisfechas con su realidad que ¡amenazaban con demandarlo! Probablemente si sólo hubiera cambiado los nombres no hubiera pasado nada porque dichas personas habrían fingido demencia. ¿Quién sabe?

    Pues he ahí material para “plagiar”. O por lo menos para aprender algo.

    Muchos periodistas terminan siendo escritores por la sencilla razón de que,  incluso cuando son serios y honestos (mmm… seguro los hay… espero), tienen que inventar parte de la historia, una teoría armada con piezas sueltas de información es pura imaginación hasta que se demuestra lo contrario.

    Ningún sujeto,  a menos que participe en Bogotá Brother*,  lleva una cámara siguiéndolo las veinticuatro horas del día.  Ningún lugar donde suceda un evento está tan rodeado de CCTV que se puedan ver los 360° alrededor. Tampoco existe una forma de grabación automática que siga los eventos paralelos relacionados con un evento o personaje, que garanticen que un reportaje (¿por qué lo llamarán historia en el medio?) tenga la coherencia necesaria sin lagunas de información y sea confiable.

    Todos los huecos deben llenarse a golpes de imaginación para poder ser comprobados,  verificados o presumidos. …¿O por qué creen que los periodistas deben verificar sus fuentes? Los periodistas ejercitan su imaginación constantemente. Del mismo modo que un autor DEBE EJERCITAR SU IMAGINACIÓN TODOS LOS DÍAS Y NO SÓLO PARA INVENTAR. TAMBIÉN PARA RECORDAR.

    En segundo lugar,  los periodistas se vuelven buenos escritores porque aprenden a decir más en menos palabras. No pueden darse el lujo de llenar su columna de reiteraciones o explicaciones inútiles. Por eso vale la pena leerlos,  aunque no te inspiren ninguna idea. Para advertir el flujo y economía de las historias.

    En Español, los concursos suelen tener requisitos un tanto escalofriantes, el número de páginas. En inglés lo escalofriante es que los escritores ponen miles de palabras sin pensárselo. Mientras que un periodista (Pérez Reverte, Gabriel García Márquez, Terry Prattchet) aprende a economizar. ¿Es mejor más o es mejor menos? Chuck Wendig dice que menos. Y tiene éxito.

    Volviendo al tema. Para que lo del plagio funcione,  es importante no casarse con un sólo noticiero-periódico y mucho menos uno nacional. Tienden a olvidar que el resto del mundo existe o a ofrecer una visión muy pero que muy estrecha. Además que un noticiero internacional te ofrecerá otros puntos de vista no sólo de otros países sino del tuyo también.

  • Estilo de vida: te volverás un mentiroso

    Sí, así es como no se ve un escritor…

    Literalmente. Palabra. Aunque no en tus relaciones más cercanas. Tampoco te convertirás en un ser despreciable que mienta por razones personales como: ganar un caso en la corte, alcanzar un escaño en el senado o re-estructurar la deuda financiera de una empresa tocando fondos de pensiones; jurando que no existe otro modo.

    Más bien, vas a mentir a lo largo del día…o mejor dicho, a lo largo de tu historia.

    Puesto que tu misión, si decides aceptarla, consiste en: HACERNOS CREER. Viene con el oficio.

    Y mentir, necesita imaginación.

    Cómo sabes, la imaginación consiste en ver lo que no está allí, según la hermosa definición de Monte Wildhorn, el personaje escritor de la película The Magic of Belle Isle. Robert McKee menciona que debes hacer que las personas manden al diablo su incredulidad y te presten atención usando la empatía. No importa si es una historia realista o de fantasía, en el momento en el que alguien se pregunte cómo está construida la historia la credibilidad se va por el caño y con la credibilidad se va la empatía.

    Mentir es, en palabras de Kinsey Millhone aunque no abriré una cita pues esto viene de memoria y mi memoria (como todas las memorias humanas) es falible. Para ser convincente al mentir se debe contar tres cuartas partes de la verdad y el restante, del embuste.

    Wendig indica que es conducir al lector dándole tres hecho comprobables con un cuarto hecho probable o posible según los datos anteriores.

    Lo que nos lleva al terreno más apasionante de la escritura: la investigación…¿o será la parte menos interesante?

    Por lo pronto, lávense las manos al regresar a casa y tóquense la cara lo menos posible. Hoy me parece que la cuarentena está causando estragos en mí. De por sí no salgo más que una vez a la semana…mentira…mentira…dos veces. Una para las compras de la alacena y la otra para ir a clase de costura.

    La clase de costura es no sólo el club en dónde hablo con personas que comparten mi gusto por la ropa sino el mini-lab donde escucho cómo hablan y se comunican las personas y donde aprendí a perseverar hasta terminar una prenda…digo cuento. Las dos cosas. Primero fue una prenda y luego me dije…bueno sí puedo terminar una prenda completa en dos meses cosiendo tres horas a la semana…¿por qué no escribir una novela?

  • Plagia #12: Mi propia guía para la personalidad del personaje

    Ya que hemos invertido algo de tiempo en hablar del personaje, ¿por qué no reírnos un poco con mi propia guía para crear personajes?

    Es bastante pero bastante básica, aunque quizá te pueda ser de utilidad. Podrás ver cómo nació Seker, el vampiro abstemio:

    Mi propia guía

    1. Auto que poseerían (de tener uno): Seker posee un Lambourghini …por desgracia no soy nada aficionada a los autos así que el mero hecho de nombrar una marca ya era (en ese momento) bastante elocuente de por sí
    2. ¿Con qué limpiarían el parabrisas? : este vampiro es extremadamente limpio y propio en la superficie, así que posee su propio trapo especial de microfibra en color negro. Además aspira el interior de su auto todos los días.
    3. ¿Qué harían en caso de un funeral imprevisto?: Como bien saben, los vampiros no pueden tocar flores con las manos o estas se marchitarán; por lo que Seker enviaría a alguien a comprarlas. De preferencia, alguien que no sea Arisa.
    4. ¿Se avergonzarían en caso de caerse en público?: como vampiro, Seker tiene excelentes reflejos, no podría caerse a menos que le dispararan o sufriera de algún tipo de accidente. En cualquier caso, si resbalara –dado el caso-con una cáscara de banana como en las caricaturas…mantendría su cara inexpresiva aunque por dentro se muriera de vergüenza.
    5. ¿A quién llaman en caso de enfermedad?: Arisa. Y nadie más. Porque a lo largo de los años, Seker se ha ido volviendo más y más introvertido. Por lo demás, los vampiros no se enferman. Probablemente se sintiera mareado a causa de su ayuno permanente o tuviera nausea al ingerir sangre por descuido.
    6. ¿Dónde se cortan el cabello?: Definitivamente en el lugar de moda aunque…su cabello tendrá la misma forma y largo para siempre.
    7. Marca de la ropa interior: Así como Arisa la compraría en paquetes de tres, en vez de comprar Victoria Secret; Seker es más…sofisticado. Él elegiría algo en negro de cualquier marca impronunciable para dejar incapaz de repetirla a sus rivales.
    8. ¿Saben cocinar?: Ante mi evidente incapacidad de cocinar decentemente, me gustaría que todos mis personajes supieran hacerlo. Afortunadamente Seker podría…si tuviera que, en contraste con Arisa y Nineveh.
    9. ¿Qué tipo de música podrías asociar en sus escenas? : Clásica. Básicamente a Strauss y Händel. Sin embargo, también podría tener un poco de Depeche Mode en el fondo.
    10.  ¿Cantan?: Imposible. Seker cuando abre la boca lo hace tan apropiadamente que es capaz de echar a perder algo con musicalidad. Lo mejor que haría sería tararear la canción en un karaoke o seguirla con el pandero…sin ritmo.

    Espero que, al menos, hayan pasado un rato harto agradable criticando esta guía (mi ambición no tan secreta es que les sirva de algo y la usen) y se suscriban aunque sea para seguir criticando ferozmente.

  • Plagia #11: tabla 10×10 para personajes

    Antes de trazar un patrón…planea

    Hey, en el post anterior prometí postear la tabla 10×10 para personajes del libro “The Creative Writer’s Workbook” y aquí está.

    El ejemplo que ella usa es para un personaje femenino (a pie de página dice que es una tabla para <<Caperucita Roja>>) al que no nombra en particular.

     Al primer vistazo notamos que parece un poco inconexo…pues ella recomienda que no lo pienses mucho y te dediques sólo a rellenar los recuadros como se te vaya ocurriendo. Para que, de esta forma, estos pequeños detalles sin sentido constituyan la esencia de los secretos y contradicciones de tu individuo. Además, no necesitas usarlos todos estrictamente. Es sólo una forma de ganarte 100 hechos sobre tu personaje que después se transforman en esas preguntas que puedes responder automáticamente sobre ellos.

  • Plagia # 10: El personaje, el elemento adictivo

    Plagia # 10: El personaje, el elemento adictivo

    ¿Adictivo? Si,  adictivo. Chuck Wendig resume el personaje de la forma más deliciosa posible. Los llama droga.


    ¿Y cómo cocinar/elaborar/manufacturar este opiáceo maravilloso?
    Pues hay varias formas. No las conozco todas y es posible que no tenga la menor idea de como hacerlo.  Lo que planeo hacer es describir las que he visto o leído. Dependerá de ti aplicarlas lo mejor posible.

    Si buscas ser dibujante de cómic es posible hayas visto una forma de crearlos en algún manga. La  más sencilla. Que consiste en hacer de tu personaje un tipo. ¿Tipo? Si, para los japoneses,  chinos y coreanos (por si no lees manga/mahnwa/manhua) la personalidad está determinada por el tipo de sangre y por si la persona es masoquista o sádica.


    Los mangakas en ocasiones incluyen un apartado donde explican (si el personaje asiste o no a la escuela es relevante): tipo de sangre,  comida favorita,  cumpleaños,  materia favorita en la escuela,  marca de ropa, mascota, chat-rooms que frecuentan,  nivel de sadismo o masoquismo.

    Lo que en realidad resulta un tanto vacuo según Ronald B. Tobias, pues un tipo no es un personaje,  al citar a F. Scott Fitzgerald:

    “Begin with an individual and you find that you have created a type,”Empieza con un individuo y te encontrarás con que has creado un tipo“begin with a type and you find that you have created—nothing.”empieza con un tipo y te econtrarás con que has creado…nada.

    En mi opinión desautorizada,  el personaje es algo que resulta CONTRADICTORIO.
    Algo así como los ogros según Shrek. En apariencia sencillamente gruñones y violentos pero con muchas capas por debajo. Y cuando las arrancas descubres la complejidad bajo ellas.

    Hablando de la complejidad, Wendig dice debe aparecer conforme vas avanzando en la historia y no antes.  El personaje debe ser engañosamente simple al principio.

    Tanto él como Libbie Hawker y Cathy Birch concuerdan que un personaje debe tener sus bemoles o fallas . No puede ser perfecto…o a lo mejor si. Casi. No por nada la serie de Eggnoid (a mi parecer se pueden aprender dos o tres cosas sobre escribir analizando las fallas de otros así como sus aciertos ) es popular en estos momentos en Webtoon. Del mismo modo que James Bond fue vigente durante un tiempo, siempre igual. Explotando nuestra admiración e imaginación frente a un ideal que nos resulta imposible cumplir en nuestra propia piel; pero que se queda con la chica guapa de turno o con el super galán de alma hermosa para toda la vida (si esos existieran nadie leería este tipo de cosas ni vería doramas coreanos…y lo digo por experiencia) .

    Sin embargo,  Robert McKee habla de la complejidad y evolución del personaje como algo que nos mantendrá atentos y convertirá una película en algo más que un simple estreno  veraniego. Es Kinsie Millhone (Sue Grafton.  El alfabeto del crimen) conduciendo un vocho que parece un cuarto adolescente y  comiendo comida chatarra pero entrenando diligentemente su cuerpo con toda la disciplina de la que es incapaz para limpiar su auto.  Sólo porque debe escapar constantemente de los tipos malos.
    Ahora si,  para finalizar el post de hoy. Aunque es posible que la solución de Cathy Birch (una tabla de 10×10 casillas) te resulte engorrosa pues a veces el hámster no da para mucho. Sin embargo a mi me ha resultado útil para saber cómo funciona un personaje determinado. En especial un maldito vampiro que se rehúsa a decir palabra.  Pero esa… la publico la próxima vez.

  • Plagia #6: Aprende historia

    Si en costura se necesitan patrones, en escritura se usan estructuras

    ¡Bah!  ¡Puaj! La historia es aburrida y es sólo para snobs o intelectualoides.

    Antes de desechar la idea por los motivos anteriores o por cualesquier otros que se te ocurran, vamos a hacer un pequeño ejercicio de investigación.

    ¿A qué personaje de reconocida serie de televisión se parece María de Medicis (con algo de Catalina de Médicis y Margarita de Valois) y a quién te recuerda el Vert Galant (no aparece en ninguna entrada de la web pero en un documental francés hablaban de como le encantaba salir de caza) con el que se casó?

    Y espero que no salgas con que la Wikipedia no es una fuente pero no tienes tiempo ni conexiones para investigarlo directamente de los documentos. También existen los documentales, si no te gusta leer mi pequeño saltamontes dibujante de cómic o escritor de guión. Ve y busca.

    ¿Preparado con la respuesta? Porque yo no pienso decírtelo a menos que te suscribas y comentes al final.

    Y con esto,  supongo que empiezas a entrever las razones para aprender historia.

    Muchas buenas ideas están escondidas en la historia humana. Y no tienes que ser un escritor histórico. No si no quieres, claro. 

    Asimov escribió la Fundación como la escribió porque quería escribir un libro histórico. Por eso se invento todas esas notas a pie de página y la decadencia de un imperio  basado en el imperio romano. Que lo mezcló con otras cosas, eso es parte del trabajo del escritor.

    Downton Abbey,  es una serie de televisión inglesa que destaca la serie de cambios tecnológicos y sociales de principios del siglo XX y no es una serie histórica propiamente dicha. Sus ideas conductoras realmente no tienen nada que ver con personajes reales. Aprovecha los hechos para conducirte,  nada más.

    Yumekui no kenbun (Shin Mashiba, VizMedia, 2008, inglés),  manga de misterio y horror, ilustra un terrible terremoto que asoló la región de Kanto en los albores del siglo pasado (1 de Sep. 1923) y que forma parte de un delicioso final. Sin el terremoto, las decisiones de los personajes no habrían sido las mismas.

    A decir verdad,  los mejores escritores son los históricos. Porque tienen que conducirte entre fechas y datos comprobables, hasta decisiones que,  a nosotros nos parecerían absurdas pero que para los personajes no lo eran.  Convenciéndonos,  además. ¿Han leido los reyes malditos de Maurice Druon?

    No sólo es parte de la investigación necesaria para escribir con cierto ambiente. Es una forma de obtener ideas. Es decir, de plagiar sin hacer copy-paste.

    Y nosotros tenemos las ventajas del documental,  el audio libro o, incluso la televisión.  No desdeñes un programa de televisión sólo porque habla de historia.

    Ah,  en Ivox tienen muchos audios…

    Y si no te he convencido, voy a citar extensivamente Homo Deus de Yuval Noah Harari:

    :

    “Pero la ciencia no tiene que ver solo con predecir el futuro. Eruditos de todos los ámbitos suelen buscar ampliar nuestros horizontes, con lo que abren ante nosotros futuros nuevos y desconocidos. Esto es especialmente aplicable a la historia. Aunque ocasionalmente los historiadores tratan de hacer profecías (sin un éxito notable), el estudio de la historia pretende por encima de todo hacernos conscientes de posibilidades que normalmente no consideramos. Los historiadores estudian el pasado, no con la finalidad de repetirlo, sino con la de liberarnos del mismo.

    Todos y cada uno de nosotros hemos nacido en una realidad histórica determinada, regida por normas y valores concretos, y gestionada por un sistema económico y político único. Damos esta realidad por sentada, y pensamos que es natural, inevitable e inmutable. Olvidamos que nuestro mundo fue creado por una cadena accidental de acontecimientos, y que la historia moldeó no solo nuestra tecnología, nuestra política y nuestra sociedad, sino también nuestros pensamientos, temores y sueños. La fría mano del pasado surge de la tumba de nuestros antepasados, nos agarra por el cuello y dirige nuestra mirada hacia un único futuro. Hemos sentido este agarrón desde el momento en que nacimos, de modo que suponemos que es una parte natural e inevitable de lo que somos. Por lo tanto, rara vez intentamos zafarnos e imaginar futuros alternativos.

    El estudio de la historia pretende aflojar el agarrón del pasado. Nos permite girar nuestra cabeza en una dirección y en otra, y empezar a advertir posibilidades que nuestros antepasados no pudieron imaginar, o no quisieron que nosotros imagináramos. Al observar la cadena accidental de acontecimientos que nos condujeron hasta aquí, comprendemos cómo adquirieron forma nuestros propios pensamientos y nuestros sueños, y podemos empezar a pensar y a soñar de manera diferente. El estudio de la historia no nos dirá qué elegir, pero al menos nos dará más opciones.”

  • El tiempo para escribir

    Escribir como estilo de vida

    Cathy Birch menciona en su libro “The Creative Writer’s Workbook” como, de repente, escribir pasa a segundo término comparado con actividades tan triviales como lavar la ropa, cocinar, revisar tu Twitter, ir a la fiesta de Malabares.

    Y, si encima como la mayoría de nosotros, tienes un empleo del mundo real (muchas personas consideran escribir un empleo irreal pues consideran que pagarte por escribir es como pagarle a alguien por hacer el logotipo que su sobrinito podría dibujar mejor que el diseñador gráfico) no vas a tener mucho tiempo que digamos para escribir-dibujar tu comic o investigar ese periodo histórico que te interesa para escribir tu guión.

    Ella propone una solución que, en apariencia, contraviene lo que dice Chuck Wending acerca de los escritores. Que hay que escribir la friolera de 25,000 palabras al día (¿cómo diablos hacen eso? Yo lo que tengo son broncas con escribir más hehehe). O lo que cuentan algunos escritores que hacen, sentarse y garrapatear algo en el papel o romperlo y hacer bolitas que encestar en el bote de la basura porque no saben que escribir y que se llama “pantalonear (pantsing)”

    A mí, sinceramente, no me seduce la idea de sentarme en un escritorio mirando fijamente una página en blanco durante 7 horas al día. No puedo. Me parece un desperdicio de día cuando puedo coser, bordar y/o remendar. Algunos de ustedes menos, puesto que su trabajo se los impide. No todos podemos conseguir trabajos que tengan que ver con escribir porque ó escribimos-dibujamos nuestro proyecto mientras trabajamos o no escribimos.  Por eso, me gusta lo que ella propone:

    UNA FRANJA PEQUEÑA Y REGULAR DE TIEMPO

    ¿Quéso?

    Escribir durante 10-20-30 minutos al día SIN PONERTE A PENSAR SI ES BUENO, MARAVILLOSO O TRASCENDENTAL. Escribe. TODOS LOS DÍAS. A final de cuentas, 10 minutos sumados a la semana son 70 minutos de escritura que podrás cotejar, ampliar o tirar a la basura. Y son mucho más que mirar el papel en blanco o torturarte porque no son prosa inmortal.

    Esto te ayudará muchísimo ya que, para la mayoría de nosotros, trabajar siguiendo un objetivo auto-impuesto es algo nuevo, desmoralizante y carecemos de la disciplina para llevarlo a cabo.

    Así que, ponte manos a la obra, temporizador listo y cumple el tiempo, número de palabras o de imágenes que has elegido hacer y no te preocupes si son buenas o no. Para eso existe la fase de la auto-edición. O la de “amigo…critica mi trabajo please”. Únete al blog.