Categoría: Besos de rana y arañas bajo la cama

  • INAPTUS AVIS

    a cape weaver flying from it s nest
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    —No este no me gusta

    Le decía la señora al marido, un guapo muchacho de peinado relamido y traje café  jaspeado sobre chaleco blanco.

                —Vuelve a empezar. No puede ser que la casa se caiga por todos lados, Godoy. Bien me advirtió mi mamaá que tú no sabías construir casas

                —Pero mi vida…

                Y el muchacho volvió a empezar. Traía, cada vez, materiales pequeños para construir por módulos y materiales suaves para aislar el interior. No había manera, todo se caía por un agujero en el terreno.

                Entonces llegó la mafia. Quisieron ayudarlo a construir pero el interés era muy alto. Prefirió cambiar de terreno. En la misma privada pero un poco más allá, junto al portón de entrada.  De nuevo, un tráfico intenso de materiales fue apilado en lo que parecía ser un terreno seguro.

                —Ay Gody, yo con esta panzota y tú con tus especulaciones de terreno. Hay mucho matón por aquí

                Godoy, el pobre, ya no sabía dónde meterse o cómo arreglar las cosas. Finalmente, la señora decidió que no podía esperar más.

                Y puso cuatro huevitos similares a los de chocolate, en el nido construido en la cubierta de un auto, dentro de un garage. Por segundo año consecutivo, su pareja se emperraba en construirlo todo mal y dónde había gatos. Quizá el año próximo se buscará otro pájaro.

  • Nota de rescate

    ¿Seguros qué es inocente?

    Le sonrió con una nota de malicia azul en los ojos y  travesura en la nariz. Le temblaron los bigotes, telegráficos.

    Todo su cuerpo un pisapapeles en reposo. Ella suspiró. Nada iba a moverlo de ahí. Se levantó y fue al tarro. El malandrin troto tras ella y regresaron juntos al plato verde sobre la encimera.

    Paf, paf, paf, paf. Él, triunfante, se sentó frente al plato a masticar croquetas. Ahora ella podía usar el cuaderno de japonés que había estado secuestrado bajo la barriga del gato.

  • LA MAESTRA QUE CONTABA CUENTOS 

    person decorating a gingerbread man cookies
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    —¡Buenas tardes!

    —¡Buenas tardes!

    —Señora, hoy Ippei tuvo una incidencia, se cayó en el patio y se raspó la rodilla.

    —Ah, pero no lo empujó nadie ni se peleó, no es problema.

    —No, se cayó cuando corría. Y en la tardecita, cuando dijo que tenía hambre, sacamos su tupper con pera y sus compañeros lo vieron y quisieron. Ellos le dieron galletas a cambio de la pera. Al terminar Ippei dijo que los iba a acusar con su mamá de comerse su pera.

    Ippei se ríe. Es una risa de travesura. Toma la mano de la abuela, que lo recoge en el jardín de niños porque mamá trabaja. Se despiden de la maestra y la abuela lo suelta un rato, necesita las dos manos para revisar la mochila: la chamarra de deportes, el agua, la lonchera y la tarea.

    ¿Hay que comprar algo de la papelería? No, pero sí hay mucha tarea.

    Vuelve a tomar de la mano a Ippei y caminan hacia la avenida. Al darle vuelta a la esquina la abuela le pregunta al nieto:

    —¿Te dieron galletas?

    —No.