Yaya Ceravieja no habría sabido lo que era una pauta de inevitabilidad cuántica ni aunque se la encontrara comiéndose su cena. Si alguien le mencionara las palabras «paradigmas espaciotemporales», ella se limitaría a replicar «¿Qué?». Pero eso no quería decir que fuera una ignorante. Sólo quería decir que no tenía ningún trato con las palabras, y menos con la jerigonza. En cambio, sabía perfectamente que ciertas cosas suceden siempre en la historia humana, se repiten como clichés tridimensionales. Son los cuentos.
La gente cree que son las personas las que dan forma a los cuentos. En realidad, es justo al revés. Los cuentos existen con independencia de los que participan en ellos. Si uno sabe todo eso, el conocimiento es poder. Los cuentos, grandes jirones aleteantes de espaciotiempo, llevan revoloteando y desenrollándose por el universo desde el principio de los tiempos. Y además, han evolucionado. Los más débiles han muerto, y los más fuertes han sobrevivido, crecido y engordado de tanto contarlos una y otra vez… Los cuentos se retuercen, reptan por la oscuridad. El hecho mismo de su existencia superpone una pauta sutil, pero insistente, al caos que es la historia. Las estrías de los cuentos están grabadas con tanta profundidad, que la gente las sigue de la misma manera que el agua sigue determinados senderos montaña abajo. Y cada vez que un actor nuevo se cruza en el camino del cuento, la estría se profundiza aún más. A esto se lo denomina «teoría de la causalidad narrativa», y quiere decir que el cuento, una vez ha comenzado, toma forma propia. Recoge las vibraciones de todas las elaboraciones de ese mismo cuento que ha habido a lo largo de los tiempos. Por eso, la historia siempre se repite.
Sí, adivinaste. Me quedé sin tema para hoy. Y ya que este blog trata de escribir ficción, supongo que hay que escribir ficción de vez en cuando….
Miró hacia atrás. Hacia el mar de papeles, las torres de Jenga en equilibrio de puntal de libros y los post it sobre post it con recordatorios de la semana ¿pasada? Este el cuarto donde había aprendido a pensar. El cuarto donde podía leer de revés. Dónde tenía su rueda de ejercicio y dónde los otros Hámsters enviaban sus mensajes en códigos que parecían sacados de una Enigma.
¿Para qué diablos quería un cuarto nuevo? Este cuarto y el otro, el de los techos altos, eran más que suficientes. Incluso tenía ¿uno?…sin terminar. Aquel que lo dejaba encerrado entre signos sobre la hierba y el cielo más azul. Pero no…¡quería más!
Revisó el equipo de inmersión. Cada vez que añadía un cuarto y quería entrar en él, tenía que usar el equipo. De otro modo se veía expulsado en cuanto ponía las patas dentro. Las ventosas de succión de las patas traseras estaban torcidas. Metió la pata delantera para ajustar la parte que pisaba mal del lado externo. Se ajusto las anteojeras. Si veía cualquier cosa en otros signos, se vería expulsado del cuarto.
Había que ser cuidadoso. C’est ça. Je suis sur la place. C’est une fleur bleu et une grosse abeille plus une grande balleine sur la mère… Je peut un mot de… quoi? pour le ciel… Blanche il est..
Un ruido del exterior. Apenas nada, un susurro nebuloso.
—Jenny…muosha exhi shar.
Sintió el chupón de la distracción en su espalda, que terminó por extraerlo del cuarto. Parpadeo desorientado, haciendo que el rostro del cuerpo que habitaba, buscará el origen de la distracción. Era el Hámster progenitor que quería algo…
Intentó escuchar pero no terminaba de ubicarse en el cuarto habitual…los signos le resultaban extraños. La inmersión había sido más exitosa de lo que suponía.
—¿Qué?
—Tú nunca sabes que quiero. Quítate…
Se quedó mirando al Hámster progenitor, de quién nunca entendía del todo sus mensajes. Definitivamente, la realidad no era un buen lugar al que regresar.