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La perfección es un guijarro pulido por el mar

La perfección es un guijarro pulido por el mar

¿Existe la perfección? No somos máquinas y hoy día cualquier programa escribe mejores haikus o guiones de televisión. La perfección de una historia se debe a qué ha dado vueltas y vueltas y más vueltas, revolcada por las olas de tus pensamientos.

Las mejores historias, las que se cuentan a la luz de una fogata en grupo para asustarse o pasar el rato, lo son porque han pasado por aquí y por allá y las han contado tantas veces que ya no tienen cabos sueltos. O, si los tienen, tienen tan buenos recursos técnicos —silencios y onomatopeyas, que resulta imposible fijarse en los detalles «sin importancia».

Supongo que esa es la diferencia entre un humano y el programa. El programa puede producir lo suficientemente rápido para cubrir todas las noches de insomnio, mientras que un escritor mortal y no tan bueno contando historias, tiene que sentarse a divagar.

A soñar una y otra vez el escenario posible o imposible. Con todo y layout. Y, a veces, sentarse a platicar con personas reales, lo que consume tiempo y esfuerzo pues debe uno poner atención. Para que el diálogo no sea en exceso remetido hasta encajar.

Como la chica  que recortaba las piezas del rompecabezas para que encajaran en donde no iban de  The Cincinnati Kid[1]

Un escritor va dejando guijarros pulidos hechos con trozos de vidrio de aquí y allá en una extensa playa donde otros han dejado sus propios guijarros. Algunos más grandes y más bellos que todos los demás.


[1] Película 1965 que no termine de ver por alguna razón ajena a qué estuviera aburrida…pero no recuerdo porque.

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