
“El asesinato es una forma de homicidio que constituye un delito contra el bien jurídico de la vida de una persona física, de carácter muy específico, que consiste en matar a una persona incurriendo en ciertas circunstancias específicas, dependientes del legislador, tales como la alevosía, el precio, la recompensa, la promesa o el ensañamiento aumentando deliberada e inhumanamente el dolor del ofendido. Es un tipo de homicidio calificado. Se considera asesinato cuando una persona causa la muerte de otra y lo lleva a cabo con alguno de los tres supuestos (o los tres juntos) de ‘alevosía’ (se realiza a traición o cuando se sabe que la víctima no va a poder defenderse), ‘ensañamiento’ (aumentando deliberada e inhumanamente el sufrimiento de la víctima) o ‘concurrencia de precio’ (cometiendo el crimen a cambio de una retribución económica o material).”
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Si bien descubrir el origen de una palabra no parece importante ante la muerte violenta, el hecho de relegar la muerte de una persona a manos de otra al simple nicho del catálogo de homicidio con carácter de género (femicidio) cuando se realiza con la alevosía del fuerte contra el débil ( o aquel que sabe que debería caminar sin tener miedo en donde aún existen las bestias que lo ignoran), el ensañamiento ya sea en forma de tortura o golpes, la concurrencia de precio
para secuestrar y esclavizar sexualmente a la víctima o las tres al mismo tiempo; es una….sí, póngale su mala palabra favorita. Los femicidios no son homicidios. Son pura y simplemente, asesinatos.
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