
Mientras mejor hablaba árabe, podía hablar con más personas. Al hablar con más personas, más historias me contaban. Más que una combinación de sílabas y ritmos, un idioma es un conjunto de relatos y estos relatos son Historias.
Un idioma es la comida, las tradiciones y las religiones. El idioma correcto, incluso el acento correcto, equivale a poder y privilegios. Inició amistades de por vida y creó momentos de entendimiento mutuo. Y del mismo modo que aprender cada vez más y más francés me expuso al regazo de la rutilante reputación de una nación chic Europea; aprender árabe le dio matices al estereotipo (en su peor expresión) de la imagen homogénea e incompleta (en el mejor caso) del mundo árabe hablante al que estaba expuesta por los medios de comunicación europeos y americanos.
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