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Conceal don’t feel

Cuando escribimos/dibujamos cómics o diseñamos pasamos al extremo opuesto. Amplificamos, exageramos y magnificamos nuestras emociones, todo lo contrario de lo que expresa el título. El objetivo: lograr una reacción. Conseguir que la audiencia/target se emocione y odie, ame, le entre hambre.

Eh, para, para, para. ¿No se supone que ibas a hablar de la máxima: «muestra, no expliques o digas»?

Oh…Si, estaba a punto de olvidarlo.

¿Recuerdan que ya les había dicho, sean perspicaces cuando lean manuales? En «90 days to your novel», en concreto en el capítulo sobre los tipos de escenas, Sarah Domet lo vuelve a mencionar… sólo que ella nos aclara:

«He aquí una regla general para tratar con emociones en la ficción: Nunca menciones explícitamente la emoción. No escribas ‘Estaba triste’ o ‘se sentía feliz’. Estoy segura que has escuchado la regla: Muestra, no digas (don’t tell). A los lectores no les gusta que les digan como leer una escena,  en cambio a los lectores les gusta relacionarse con las emociones a través de sensaciones físicas. Si usas una escena emocional para revelar la ira de Kevin porque han robado en su bar, Milton’s, no escribas ‘Kevin estaba furioso’. En vez de eso, muéstralo: ‘Las manos de Kevin se cerraron en puños que se tornaron rojos y más tarde, blancos. Su cara se sentía caliente, como una tetera a punto de explotar con la presión del vapor. Se mordió el interior de las mejillas y probó la sangre, cálida y metálica’ «

Pero, ¿es esto cierto?

No del todo. Supongo que Sarah Domet no había leído a Camilleri. Y eso no es ninguna sorpresa. Un escritor, diseñador o dibujante tiene menos y menos tiempo para leer y ver por placer que por trabajo. Poco a poco el tiempo para refrescar nuestras  ideas se reduce. Dando por descontado que ya hubiera Montalbano en el 2010. Así que no la juzgaremos por ello.
Sin embargo, no creeré a pie juntillas la máxima. Y cito, de Muerte en mar abierto de (así es)  Andrea Camilleri, 2014:

«Livia, fascinada por aquella noche tranquila y clara, quiso esperar a que el barco correo estuviera en mar abierto para marcharse».

Y que conste que no lo usa sólo con Livia, aunque también de vez en vez, Montalbano relincha de alegría como aconseja Domet.

De este fragmento obtenemos algo, la máxima es más que nada, sólo una regla general y no una regla de oro. Después de todo, las reglas están allí hasta que alguien más llega y las rompe. Por lo pronto, podemos hacer lo que podemos hacer y buscamos hacer.

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